«No os preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros, preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país.» John. F. Kennedy
Hace ni más ni menos que 49 años ...
Kennedy, figura glamurosa nacido en mayo de 1917, ganador del premio Pulitzer (por su biografía Profiles in Courage, 1957), admirador de la oratoria de calidad, accedió al cargo de presidente de los EE.UU y maravilló al mundo entero con su discurso.
El mismo Barack Obama, presidente de EE.UU, hizo refrencia a dicho discurso en su toma de posesión.
Aquí lo tienen:
«No preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros; preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país.»
Discurso inaugural, Washington, 20 de enero de 1961
"Vicepresidente Johnson, Presidente de la Cámara, Ministro de Justicia, presidente Eisenhower, vicepresidente Nixon, presidente Truman, reverendos, ciudadanos: Hoy no celebramos la victoria de un partido, sino una celebración de la libertad que simboliza un fin al igual que un comienzo, significa una renovación así como un cambio. Por ello he prestado ante vosotros y ante Dios Todopoderoso el mismo juramento que nuestros antepasados prescribieron hace casi ciento setenta y cinco años.
Ahora el mundo es un lugar muy distinto. Ya que el hombre tiene en sus manos mortales el poder para abolir toda forma de pobreza humana y toda forma de vida humana. Y sin embargo, los mismos principios revolucionarios por los que lucharon nuestros antepasados siguen cuestionándose en muchos lugares del mundo: la creencia de que los derechos del hombre no emanan de la generosidad del estado, sino de la mano de Dios.
No osemos olvidar que somos los herederos de esa primera revolución. Dejemos que la palabra surja de este momento y lugar, para amigos y enemigos por igual, y anuncie que se ha pasado la antorcha a una nueva generación de norteamericanos. Es una generación nacida en este siglo que ha sufrido la guerra, se ha disciplinado con una paz dura y amarga, y está orgullosa de su antigua herencia. No estamos dispuestos a presenciar ni a permitir la lenta desintegración de los derechos humanos con los que esta nación siempre se ha comprometido, nosotros también nos comprometemos con ellos en casa y en todas partes del mundo. Haced saber a todas las naciones, independientemente de si nos desean bien o mal, que pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga o dificultad, apoyaremos a cualquiera de nuestros amigos y nos opondremos a cualquiera de nuestros enemigos, para asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad. Prometemos esto, y más. A todos esos viejos aliados con quienes compartimos orígenes culturales y espirituales, les prometemos la lealtad de los amigos fieles. Si permanecemos unidos, no habrá nada que se nos resista. Si nos dividimos no podremos hacer mucho, porque no nos atreveremos a enfrentarnos a un desafío poderoso. A esos nuevos estados a quienes damos la bienvenida en la fila de los libres, les prometemos que ninguna clase de control colonial será sustituido por una tiranía de hierro. Es posible que no siempre estén de acuerdo con nosotros. Pero cabe esperar que presten apoyo a su propia libertad. Y recordad que, en el pasado, aquéllos que persiguieron el poder montando a lomos del tigre acabaron entre las garras del animal. A aquellas personas que viven en cabañas y en pueblos de todo el mundo e intentan combatir la miseria, les prometemos que redoblaremos esfuerzos para ayudarles a ayudarse a sí mismos todo el tiempo que sea necesario. No porque los comunistas puedan hacerlo, no porque busquemos vuestros votos, sino porque es lo correcto. Si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, entonces no puede salvar a sus pocos ricos.
«Se ha pasado la antorcha a una nueva generación de norteamericanos.»
A nuestras repúblicas hermanas que están situadas al sur de nuestras fronteras, les hacemos una promesa muy especial: convertir nuestras buenas palabras en buenas acciones, en una nueva alianza para el progreso, con el fin de ayudar a los hombres y a los gobiernos libres a deshacer las cadenas de la pobreza. Pero esta pacífica revolución de esperanza no puede convertirse en la presa de poderes hostiles. Dejemos que todos nuestros vecinos sepan que nos uniremos a ellos para oponernos a la agresión o a la subversión en cualquier parte del continente americano.
Las otras potencias deben saber que este hemisferio quiere seguir siendo el amo de su propia casa.
A esa asamblea mundial de estados soberanos, Naciones Unidas, le enviamos nuestros mejores deseos -en una era donde los instrumentos de la guerra han superado a los de la paz-, le renovamos nuestro apoyo para evitar que esta organización se convierta meramente en una organización para lanzarse improperios. Queremos fortalecer su escudo para blandir ante lo nuevo y lo débil y ampliar su área de acción.
Por último, a las naciones que se consideran nuestras adversarias, no les ofrecemos una promesa sino una petición: que ambas partes empiecen desde cero el camino por la paz antes de que los poderes oscuros de la destrucción desatados por la ciencia engullan a toda la humanidad en una autodestrucción planificada o accidental.
Será mejor que no les tentemos con nuestra debilidad. Sólo cuando no tengamos ninguna duda de que disponemos de un número suficiente de armas podremos estar seguros de que nunca las emplearemos.
Pero dos grandes y poderosos grupos de naciones no pueden sentirse reconfortados con nuestro camino actual: las dos partes acarrean el coste de las armas modernas, las dos están alarmados por la propagación del átomo mortal, pero las dos se esfuerzan en alterar el incierto equilibrio del terror que sostiene la mano de la guerra final de la humanidad. Así pues, empecemos de nuevo. Recordemos en ambas partes que el comportamiento amable no es una señal de debilidad y que la sinceridad siempre está sujeta a prueba.
«No negociemos nunca por miedo. Pero nunca temamos negociar.»
No negociemos nunca por miedo. Pero nunca temamos negociar. Procuremos que ambas partes estudien qué problemas nos unen, en vez de insistir en los problemas que nos dividen.
Procuremos que ambas partes, por vez primera, formulen propuestas precisas y serias para la inspección y el control de armas, y pongan el poder absoluto para destruir a otras naciones bajo el control absoluto de todas las naciones.
Procuremos que ambas partes invoquen a los prodigios de la ciencia, en vez de a sus terrores. Juntos podemos explorar las estrellas, conquistar los desiertos, erradicar las enfermedades, explorar las profundidades oceánicas, alentar las artes y el comercio.
Procuremos que las dos partes se unan para aclamar, en todos los rincones de la tierra, las órdenes de Isaías: «deshaz la pesada carga... y libera a los oprimidos».
Y si una cooperación estrecha puede derrotar cualquier atisbo de sospecha, hagamos que ambas partes creen una nueva iniciativa: no un nuevo equilibrio de poderes, sino un mundo nuevo regido por las leyes donde los fuertes sean los justos y los débiles se sientan a salvo. Un mundo donde pueda preservarse la paz.
No terminaremos esta labor en los primeros cien años. Ni tampoco la completaremos en los primeros mil días, ni en el período que dure esta Administración; es posible que no veamos resultados en vida. Pero tenemos que empezar.
Queridos conciudadanos, en vuestras manos más que en las mías reside el éxito o el fracaso último de nuestro camino. Desde la fundación de este país, cada generación de norteamericanos ha sido llamada a dar fe de su lealtad nacional. Las tumbas de los jóvenes norteamericanos que respondieron a la llamada del servicio rodean todo el planeta.
Ahora la corneta nos llama de nuevo: no es una llamada a las armas, aunque las necesitaremos. No es una señal de batalla, aunque sí estamos en guerra, sino una llamada para soportar la carga de una larga y tumultuosa lucha que dura año tras año; nos regocijamos en la esperanza, nos mostramos pacientes en medio de la agitación, y es una lucha contra los enemigos comunes del hombre: tiranía, pobreza, enfermedad y la guerra en sí misma.
¿Podemos forjar contra estos enemigos una gran alianza global entre el norte y el sur, el este y el oeste, con el fin de asegurar una vida más provechosa para toda la humanidad? ¿Os uniréis a este histórico esfuerzo?
En la larga historia del mundo, sólo unas cuantas generaciones han desempeñado el papel de defender la libertad en su hora de máximo riesgo. No rehúso esta responsabilidad, sino que la acojo. No creo que ninguno de nosotros se intercambiara el lugar con otras personas o con otras generaciones. La energía, la fe, la devoción que aportamos a esta empresa iluminará a nuestro país y a sus servidores. Y el destello de ese fuego podrá iluminar, verdaderamente, al mundo."
«No os preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros, preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país.»
Por tanto, mis compatriotas, no me preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros, sino lo que podéis hacer vosotros por vuestro país.
Mis conciudadanos del mundo, no os preguntéis lo que América puede hacer por vosotros, pensad qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre.
Y por último, tanto si sois ciudadanos de América como si lo sois del mundo entero, exigidnos a nosotros los mismos estándares elevados de fortaleza y sacrificio que requerimos en vosotros. La conciencia tranquila será nuestra única recompensa certera y la historia será quien en última instancia juzgue nuestras acciones. Avancemos para dirigir a la tierra que amamos, pidiendo las bendiciones y la ayuda del Señor, sabiendo al mismo tiempo que la obra de Dios debe ser, en verdad, la nuestra."
(Palabras que cambiaron el mundo, 50 discurso que han hecho historia. Edit. Leqtor Universal, 2007)
